AÑO VI

miércoles, 27 de abril de 2011

Susurrando memeces

Hace exactamente cuatro años escribía sobre un mal que nunca se detiene...

La envidia es la tristeza o pesar del bien ajeno, es el deseo de algo que no se posee. Se practica en exceso y sin parar. Siempre a espaldas, cuan puñalada trapera que es. Omite e ignora las cualidades del prójimo mirando sólo lo criticable. Riñe con la admiración porque no se arrima a ninguna razón. Escupe soflamas sobre el envidiado que casi nunca se entera de la que le cae. Sólo aparece con el éxito del contrario. Ya sea material o intelectual. Arrastra insultos, desprecios, caras largas y evidentes cambios de acera. Se detecta cuando hay silencio sepulcral en lugar de júbilo, cuando abundan las miradas de reojo. Es intemporal y no sujeta a clases. No tiene fronteras. Tampoco rezuma comprensión. Prefiere actuar a escondidas, susurrando memeces, engullendo malos pensamientos. Casi siempre es obsesiva y poco amiga de la realidad. Quizá por eso es una losa para el que envidia. Porque le hace perder maravillosamente el tiempo.

Lo repito, por actual. Por desgracia. Y porque conviene repetirlo.

1 comentarios :

Antón Percal dijo...

Entonces, en términos democráticos se prodría decir que, unas veces más que otras, la envidia lo más parecido a estar en la oposición.
Un saludo.