AÑO VI

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lunes, 24 de mayo de 2010

«¿Qué voy a hacer ahora?»

Escribe en la revista XL Semanal Arturo Pérez-Reverte:
«El segundo gintonic, Pencho se vuelve hacia mí. Hace quince minutos que aguardo, paciente, esperando que se decida a contármelo. Por fin hace sonar el hielo en el vaso, me mira un instante a los ojos y aparta la mirada, avergonzado. «Hoy he cerrado la empresa», dice al fin. Después se calla un instante, bebe un trago largo y sonríe a medias con una amargura que no le había visto nunca. «Acabo de echar a la calle a cinco personas.»

Puede ahorrarme los antecedentes. Nos conocemos hace mucho tiempo y estoy al corriente de su historia, parecida a tantas: empresa activa y rentable, asfixiada en los últimos años por la crisis internacional, el desconcierto económico español, el cinismo y la incompetencia de un Gobierno sin rumbo ni pudor, el pesebrismo de unos sindicatos sobornados, la parálisis intelectual de una oposición corrupta y torpe, la desvergüenza de una clase política insolidaria e insaciable. Pencho ha estado peleando hasta el final, pero está solo. Por todas partes le deben dinero. Dicen: «No te voy a pagar, no puedo, lo siento», y punto. Nada que hacer. Los bancos no sueltan ni un euro más. Las deudas se lo comen vivo; y él también, como consecuencia, debe a todo el mundo. «Debo hasta callarme», ironiza. Todo al carajo. Lleva un año pagando a los empleados con sus ahorros personales. No puede más.

Cinco tragos después, con el tercer gintonic en las manos, Pencho reúne arrestos para referirme la escena. «Fueron entrando uno por uno -cuenta-. La secretaria, el contable y los otros. Y yo allí, sentado detrás de la mesa, y mi abogado en el sofá, echando una mano cuando era necesario... Se me pegaba la camisa a la espalda contra el asiento, oye. Del sudor. De la vergüenza... Lo siento mucho, les iba diciendo, pero ya conoce usted la situación. Hasta aquí hemos llegado, y la empresa cierra.»

Lo peor, añade mi amigo, no fueron las lágrimas de la secretaria, ni el desconcierto del contable. Lo peor fue cuando llegó el turno de Pablo, encargado del almacén. Pablo --yo mismo lo conozco bien-- es un gigantón de manos grandes y rostro honrado, que durante veintisiete años trabajó en la empresa de mi amigo con una dedicación y una constancia ejemplares»...

[+] Patentes de corso

5 comentarios :

carlos dijo...

Ya ves, en esas estamos, hoy en día tener una pequeña empresa es como tener una ONG, te lo digo porque lo estoy sufriendo, pero a quien le importa? a la casta política que tenemos no, desde luego, ni al gobierno, ni a la oposición.

Titajú dijo...

Ni le importan a unos, ni l importan a otros.
Este pobre país no tiene solución.

MARIETA dijo...

Lo leí ayer y me quedé pensando la verdad... Qué triste es todo esto que nos está pasando a nosotros y a nuestro alrededor.
La pregunta es por qué? Y cómo solucionarlo? No se puede...

Isabel Franco dijo...

Yo me apunto a esa pregunta, estoy en paro desde el 11 de mayo, cese repentino y sin derecho al pataleo ¡Una periodista más en la cola del paro! En fin, que ahora deseo que el trabajo se convierta en una enfermedad contagiosa que se nos pegue a todos y para la que no encuentren cura. A ver si hay suerte. Mientras, permite que envíe mucho ánimo y cariño desde tu blog a todo empresario y trabajador que lo está pasando mal en estos momentos ¡Volverán tiempos buenos!

Nacho de la Fuente dijo...

Isabel, me has dejado de piedra con lo de tu paro repentino. Da igual que una persona trabaje bien o se lleve premios con su blog, que la crisis se está llevando a demasiada gente excelente por delante, especialmente en el periodismo. Muchos ánimos en estos duros momentos y ya sabes que aquí me tienes para lo que sea. Volverás, seguro que sí.

Un fuerte abrazo!