AÑO VI

viernes, 27 de noviembre de 2009

La tortilla de la coherencia

El culebrón del divorcio de la Infanta Elena y Jaime de Marichalar puede extenderse por los siglos de los siglos ahora que sabemos que podría haber intención de pedir la nulidad matrimonial. Esta unión duró casi 15 años y de ella nacieron dos hijos: Felipe Juan Froilán, de 11 años, y Victoria Federica, de nueve. En el caso de la infanta Elena, de 45 años, este trámite se antoja harto complicado, ya que al ser la hija de la máxima autoridad del Estado y miembro de una monarquía católica, la decisión corresponde al Vaticano y, en última instancia, al Papa Benedicto XVI, según leo en los teletipos. Es una decisión que podría tardar más de lo esperado. El matrimonio católico, guste o no, es para siempre y el propio Catecismo de la Iglesia Católica lo deja bien claro: «La unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: “lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6)»...

Ojo, «lo que Dios unió, que no lo separe el hombre». Ante esta obviedad tan contundente, ante estas claras reglas de juego --a las que uno se debe someter libremente-- siempre pienso: ¿un matrimonio, con hijos por en medio, es incorrecto por el simple hecho de que en su etapa final se rompió el amor en pedazos? ¿No nos habíamos comprometido ante Dios con aquella frase de «hasta que la muerte os separe»? ¿Por qué siempre le damos la vuelta a la tortilla de la coherencia en función de nuestros intereses personales?


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4 comentarios :

Titajú dijo...

Pues es la realidad. Los dos casos que yo conozco que han pedido la nulidad (uno con hijos y el otro, sin hijos), se la han concedido "previo pago", que fueron las palabras exactas que utilizaron los dos, sin conocerse entre ellos.
Siendo creyente como soy, y católica "semipracticante", a veces me quedo petrificada pensando en como puedo pertenecer a un grupo de gente tan incoherente.
Ya verás como le dan la nulidad.

Mechu dijo...

Por eso algunos intentamos ser coherentes con nuestras ideas y no nos casamos por la Iglesia, y no pensamos bautizar a nuestros hijos, mal que le pese a esta sociedad hipócritamente católica. Las religiones se merecen tener verdaderos "fieles", comprometidos con lo que se cree y se pregona, y no gente que vaya a hacer el paripé porque quiere fotos con una catedral de fondo. Por eso, que se casen por ritos religiosos quienes crean en ellos y sean capaces de ser coherentes con lo que prometen. Igual que lo tenemos que ser quienes elegimos opciones laicas o civiles.

Anónimo dijo...

¿Pero qué esperamos? ¿Que la Iglesia tenga un criterio común para todos, para todo, siempre? ¡Juas! ¡Juas! ¡Juas! (Perdón por la falta de respeto para con los católicos, pero no pude evitarlo.)

Anónimo dijo...

Qué razón tienes... cómo se le da la vuelta a la tortilla...! Conozco a matrimonios que han criticado, incluso con saña, a parejas que han obtenido la nulidad y después han rehecho su vida... pero, amigo! cuando le toca a uno de sus hijos... lo ven BIEN, es más, celebran la boda por todo lo alto y les dan su parabien y se deshacen en comentarios ante los demás para que "aprueben" esta nueva unión.
Cuánta hipocresía!